lunes, 12 de febrero de 2018

El Miércoles de Columna

Abrigo, misa y ceniza en la frente. El barrio, agitado. La iglesia, hasta el cancel. Los nervios, disparados. Erguido ante la columna, el Cristo de Santiago espera a que el párroco baje del altar y a que el hermano más cercano al interruptor, al recibir la orden, deslice su dedo sobre éste y haga la oscuridad. Mientras las pupilas enfocan para encontrar su tamaño adecuado, un luz, que escapa del cristal de una tulipa, se dispara para escurrirse por las piernas del Amarrado y acariciar su abdomen. Otra ráfaga impacta, fugazmente, sobre la fina lámina de cristal que separa la Esperanza del dolor. Se pide silencio. Medio templo enmudece. El otro medio, espera. Las andas andan, el sonido suena. Se lee la primera estación. Ahí empieza la Cuaresma en Lucena. 

 





domingo, 31 de diciembre de 2017

Ofrenda del Rey Gaspar al Niño de la Virgen de Araceli de Sevilla por Antonio Ruiz Granados. 30 de diciembre de 2017. Parroquia de San Andrés.

Y he aquí, aparecerá una estrella nueva, tal como nunca habéis visto; y esto también os será por señal”. Una estrella que vengo siguiendo desde mi tierra oriental, Lucena, y que ha venido a posarse sobre este lugar. La señal no dejaba lugar a dudas, era lo que tanto yo, Gaspar, como los otros magos, sabíamos que iba a suceder: la llegada del Príncipe de la Paz, el que viene a ilustrar a todas las naciones con su luz. Convencido de que así era, nada más ver la estrella, pensé en que debía preparar un regalo. No podía postrarme de manos vacías ante el Rey de los Cielos. Por ese motivo, traigo un cofre con un presente.

El cofre que traigo es de madera, bronce y cerámica. Madera fabricada por los carpinteros de mi tierra de oriente, tierra de muchos y buenos seguidores del oficio del padre terrenal del Niño. Bronce, labrado por los maestros de este arte ancestral, que en mi tierra oriental adquiere su máxima expresión en el velón, que secularmente ha sido luz en noches oscuras de ricos y pobres. Cerámica modelada y cocida por los alfareros de mi tierra, artesanos que hacen arte del barro. Madera, bronce y cerámica contienen mi presente para el Rey de los Cielos: el incienso.

Un incienso hecho a base del olivo de los verdes mares que inundan los campos de los que vengo. Un olivo fuerte, robusto y viejo, de copa abierta que busca el sol y raíces profundas que encuentran su arraigo en lo más hondo de nuestros orígenes. Un olivo de un color verde, verde olivo, pero verde olivo de mi tierra. El color verde olivo de mi tierra no es ni más ni menos intenso que el de otras tierras. No es más ni menos tenue que el de otros olivos. Sencillamente, es el color verde de una tierra que ha aprendido a cultivarlo a lo largo de los años y ya no sabe existir sin él. Un olivo que se extiende desde los límites con la Campiña cordobesa y que corre, como un verde manto sin fin, paralelo al río Anzur hasta encontrarse de frente con Rute y Encinas Reales y acariciar la provincia de Sevilla en Jauja, donde el río Genil lo riega y le da dimensiones monumentales. Olivo del que emana nuestro aceite, líquido precioso de un dorado tan verde como el olivo.

Mi incienso tiene también matices de uva y vino de las vides de mi oriente, de Lucena, que los romanos conocían sabiamente como Castra Vinaria. Una uva madurada al abrigo del sol reflejado en el espejo de sus tierras albarizas y un vino seco y áspero como las manos de los hombres y las mujeres que trabajan el campo del que se extrae. Un vino sacado de las vides que no entienden de fronteras con Moriles y siempre servido en copa de cristal como aperitivo, como acompañante de la cena y, sobre todo, como símbolo de amistad y unión en los encuentros que en mi tierra se celebran entre santeros. Un vino que sabe a compromiso y a palabra, con el que se han sellado más contratos en mi tierra oriental que con un papel y un bolígrafo.


El color de mi incienso es el de la jara en flor que crece en mi sierra, la Sierra de Aras, Ara Suave, como escribiera García Baena, donde reside el Ara del Cielo, nuestra Madre de Araceli, y que está a punto en primavera. Incienso con un intenso olor al romero de la cumbre, que embriaga el olfato y va directo a la memoria para arrastrar a ella estampas de abril. Un abril que arranca fresco y soleado y que, fresco o caluroso, soleado o cubierto de nubes, culmina en el penúltimo domingo de abril, que es cuando mi Virgen, nuestra Virgen, desciende desde ese maraña de yeserías que es su casa y que bien podría ser el único domingo de abril al ser el único que tiene sentido. Un incienso aderezado con encina, espino, tomillo y retama, verdes árboles y arbustos de mi sierra verde, que de verde en verde despliega una paleta de colores que sólo está completa, siempre a base de verdes, cuando nuestra Madre camina entre ellos, de verde, y su falda se confunde con el verde de encina, espino, tomillo y retama, que juegan a competir con la falda de mi Virgen, que siempre gana. Y un verde que, castigado por el sol y, a veces, con tonalidades amarillentas, se anima con el rosa, el azul o el blanco de los mantos alegres, pero siempre tristes, con los que nuestra Madre regresa a su casa en junio. Pero a mi incienso nunca le faltan el azul vibrante del cielo de mi tierra, más azul cuando el carrión nos recuerda la hora del Ángelus con sones aracelitanos, y el rosa de éste cuando el Sol se despide de las tardes de primavera dejando un último hálito de luz que colorea la fachada de San Mateo, señalando que la Madre dulce y buena nos espera dentro hasta que el cielo se oscurezca.

Pero mi incienso no sólo está hecho de olivo y encina, vino y espino, tomillo, retama, jara y romero. Mi incienso también huele a rosa, clavel y margarita. Huele a las flores que inundan el trono de mi Virgen en su Día, a las flores que adornan su altar y, sobre todo, a las flores que llevan en sus pétalos promesas y peticiones, rezos, lamentos y palabras de agradecimiento. A las flores frescas y a las que se marchitan a los pies de mi Virgen con la esperanza de que su manto cumplirá lo pedido. A las flores que en canastitos de mimbre llevan los niños y las niñas de mi pueblo y a las que las madres envuelven en papel de aluminio recién cogidas del arriate. Huele a las flores de los ramos que apoyan en sus brazos las aracelitanas cuando más huele a Araceli. Huele a las flores que las novias, ya casadas, dejan junto a Ella esperando una feliz vida en su matrimonio y a las flores que, ya muertas, caen sobre su trono en forma de pétalo.

Mi incienso huele a cera. A la cera del altar de nuestra Madre de esperanza y consuelo y a la cera de las velas con las que le pedimos y le damos las gracias. A la cera que en su honor encendemos en nuestra casa cuando no podemos subir a verla y a la que encendemos en la suya cuando visitamos el Santuario. A la cera de las mantillas y de las promesas de su Día. A la cera que encendieron nuestros padres por nosotros y por sus padres y a la que se consumió por nuestros padres encendidas por los suyos y, así, hasta enlazar con la llegada de nuestra Virgen desde la ciudad de las Siete Colinas. Huele a falda plisada, delantal y madroñera, a túnica y a pantalón de medio ancho, a mantilla antigua y a mantilla nueva.

Y cuando se enciende, mi incienso suena a agua clara y fresca de fuente en mitad de un camino por el que, si no estuvieran fuente ni agua clara y fresca, seguirían subiendo ríos de gente buscando a la que tanto poder tiene. Suena a cascos de caballo martilleando el suelo al ritmo de versos que nos recuerdan que ya se va la romería. Suena a rosario y a novena, a murmullo y a seseo, a campanitas, bandurrias y violines. Suena a niño en brazos de la madre pronunciando un leve piropo al Ara del Cielo y a abuelo arrastrando los pies ayudados por la gancha haciendo un camino que conoce pero que no puede repetir tanto como quiere y que lo lleva hasta un viejo banco de madera con el barniz perdido, siempre el mismo, que no sabe cuándo volverá a ver y en el que ya no puede arrodillarse. Suena a campanas repicando a gloria el domingo de domingos a las 8 de la tarde y a puertas abriéndose de par en par para dejar que los rayos del sol cambien el marfil de la cara de mi Virgen por el oro de su aceite. Suena a redoble de tambor cadencioso y a horquilla sujetando la madera. Suena a campana puesta en marcha con la mano de la ilusión con la que tantas veces se han escrito cartas pidiendo hacer sonar la campana. Suena a Pemán y a Aramburu, a Villa y a Roldán. Suena a reloj marcando las 11.30. Suena a cohete. Y, cuando todo es silencio, vuelve a sonar todo lo anterior. Mi incienso suena a guapa, y a bonita, y a olé. Suena a fandango de Lucena acompañado con la guitarra y sin ella. Suena a no llores ni tengas pena. Suena a perdón. Suena a gracias. Suena a gloria.

Y mi incienso huele también a Sevilla. Huele a su río Grande, en otros tiempos puerta de América y hoy alféizar de un cielo luminoso y claro. Huele al azahar de sus calles y plazas, más intenso en la Plaza de San Andrés, donde nos espera acompañado de más azahar y azahar. Huele a naranjas en el suelo, al compás del sonido de los pájaros que juegan con el árbol del que han caído las naranjas y en el que huele el azahar y del servir y retirar vasos de caña, de tubo y tazas en la mesa en una tarde de mayo que sabe a café y a un vaso de agua, por favor. Huele a ilusión y a nervios, a ganas y a espera en una abarrotada iglesia queriendo echarse a una abarrotada calle. Huele a convento abierto y a juventud entrando. Suena a marcha y a marcha. A Morales, a Marvizón y a Laserna como estrofas del sonido del martillo y la voz del capataz. Suena a asfalto y a adoquín, a piedra y a granito apretando las zapatillas de los que calzan costal que aprieta el palo que sostiene a la Virgen.


Pero el incienso que traigo de mi tierra oriental, de mi Lucena, no arde. Mi incienso no se consume. Mi incienso se siente y alcanza su máximo valor en primavera cuando los aracelitanos trenzamos cordones finos de oraciones postrados a las plantas de nuestra Virgen bendita. Éste es mi incienso aracelitano para el Niño de Sevilla. 

Antonio Ruiz Granados