domingo, 31 de diciembre de 2017

Ofrenda del Rey Gaspar al Niño de la Virgen de Araceli de Sevilla por Antonio Ruiz Granados. 30 de diciembre de 2017. Parroquia de San Andrés.

Y he aquí, aparecerá una estrella nueva, tal como nunca habéis visto; y esto también os será por señal”. Una estrella que vengo siguiendo desde mi tierra oriental, Lucena, y que ha venido a posarse sobre este lugar. La señal no dejaba lugar a dudas, era lo que tanto yo, Gaspar, como los otros magos, sabíamos que iba a suceder: la llegada del Príncipe de la Paz, el que viene a ilustrar a todas las naciones con su luz. Convencido de que así era, nada más ver la estrella, pensé en que debía preparar un regalo. No podía postrarme de manos vacías ante el Rey de los Cielos. Por ese motivo, traigo un cofre con un presente.

El cofre que traigo es de madera, bronce y cerámica. Madera fabricada por los carpinteros de mi tierra de oriente, tierra de muchos y buenos seguidores del oficio del padre terrenal del Niño. Bronce, labrado por los maestros de este arte ancestral, que en mi tierra oriental adquiere su máxima expresión en el velón, que secularmente ha sido luz en noches oscuras de ricos y pobres. Cerámica modelada y cocida por los alfareros de mi tierra, artesanos que hacen arte del barro. Madera, bronce y cerámica contienen mi presente para el Rey de los Cielos: el incienso.

Un incienso hecho a base del olivo de los verdes mares que inundan los campos de los que vengo. Un olivo fuerte, robusto y viejo, de copa abierta que busca el sol y raíces profundas que encuentran su arraigo en lo más hondo de nuestros orígenes. Un olivo de un color verde, verde olivo, pero verde olivo de mi tierra. El color verde olivo de mi tierra no es ni más ni menos intenso que el de otras tierras. No es más ni menos tenue que el de otros olivos. Sencillamente, es el color verde de una tierra que ha aprendido a cultivarlo a lo largo de los años y ya no sabe existir sin él. Un olivo que se extiende desde los límites con la Campiña cordobesa y que corre, como un verde manto sin fin, paralelo al río Anzur hasta encontrarse de frente con Rute y Encinas Reales y acariciar la provincia de Sevilla en Jauja, donde el río Genil lo riega y le da dimensiones monumentales. Olivo del que emana nuestro aceite, líquido precioso de un dorado tan verde como el olivo.

Mi incienso tiene también matices de uva y vino de las vides de mi oriente, de Lucena, que los romanos conocían sabiamente como Castra Vinaria. Una uva madurada al abrigo del sol reflejado en el espejo de sus tierras albarizas y un vino seco y áspero como las manos de los hombres y las mujeres que trabajan el campo del que se extrae. Un vino sacado de las vides que no entienden de fronteras con Moriles y siempre servido en copa de cristal como aperitivo, como acompañante de la cena y, sobre todo, como símbolo de amistad y unión en los encuentros que en mi tierra se celebran entre santeros. Un vino que sabe a compromiso y a palabra, con el que se han sellado más contratos en mi tierra oriental que con un papel y un bolígrafo.


El color de mi incienso es el de la jara en flor que crece en mi sierra, la Sierra de Aras, Ara Suave, como escribiera García Baena, donde reside el Ara del Cielo, nuestra Madre de Araceli, y que está a punto en primavera. Incienso con un intenso olor al romero de la cumbre, que embriaga el olfato y va directo a la memoria para arrastrar a ella estampas de abril. Un abril que arranca fresco y soleado y que, fresco o caluroso, soleado o cubierto de nubes, culmina en el penúltimo domingo de abril, que es cuando mi Virgen, nuestra Virgen, desciende desde ese maraña de yeserías que es su casa y que bien podría ser el único domingo de abril al ser el único que tiene sentido. Un incienso aderezado con encina, espino, tomillo y retama, verdes árboles y arbustos de mi sierra verde, que de verde en verde despliega una paleta de colores que sólo está completa, siempre a base de verdes, cuando nuestra Madre camina entre ellos, de verde, y su falda se confunde con el verde de encina, espino, tomillo y retama, que juegan a competir con la falda de mi Virgen, que siempre gana. Y un verde que, castigado por el sol y, a veces, con tonalidades amarillentas, se anima con el rosa, el azul o el blanco de los mantos alegres, pero siempre tristes, con los que nuestra Madre regresa a su casa en junio. Pero a mi incienso nunca le faltan el azul vibrante del cielo de mi tierra, más azul cuando el carrión nos recuerda la hora del Ángelus con sones aracelitanos, y el rosa de éste cuando el Sol se despide de las tardes de primavera dejando un último hálito de luz que colorea la fachada de San Mateo, señalando que la Madre dulce y buena nos espera dentro hasta que el cielo se oscurezca.

Pero mi incienso no sólo está hecho de olivo y encina, vino y espino, tomillo, retama, jara y romero. Mi incienso también huele a rosa, clavel y margarita. Huele a las flores que inundan el trono de mi Virgen en su Día, a las flores que adornan su altar y, sobre todo, a las flores que llevan en sus pétalos promesas y peticiones, rezos, lamentos y palabras de agradecimiento. A las flores frescas y a las que se marchitan a los pies de mi Virgen con la esperanza de que su manto cumplirá lo pedido. A las flores que en canastitos de mimbre llevan los niños y las niñas de mi pueblo y a las que las madres envuelven en papel de aluminio recién cogidas del arriate. Huele a las flores de los ramos que apoyan en sus brazos las aracelitanas cuando más huele a Araceli. Huele a las flores que las novias, ya casadas, dejan junto a Ella esperando una feliz vida en su matrimonio y a las flores que, ya muertas, caen sobre su trono en forma de pétalo.

Mi incienso huele a cera. A la cera del altar de nuestra Madre de esperanza y consuelo y a la cera de las velas con las que le pedimos y le damos las gracias. A la cera que en su honor encendemos en nuestra casa cuando no podemos subir a verla y a la que encendemos en la suya cuando visitamos el Santuario. A la cera de las mantillas y de las promesas de su Día. A la cera que encendieron nuestros padres por nosotros y por sus padres y a la que se consumió por nuestros padres encendidas por los suyos y, así, hasta enlazar con la llegada de nuestra Virgen desde la ciudad de las Siete Colinas. Huele a falda plisada, delantal y madroñera, a túnica y a pantalón de medio ancho, a mantilla antigua y a mantilla nueva.

Y cuando se enciende, mi incienso suena a agua clara y fresca de fuente en mitad de un camino por el que, si no estuvieran fuente ni agua clara y fresca, seguirían subiendo ríos de gente buscando a la que tanto poder tiene. Suena a cascos de caballo martilleando el suelo al ritmo de versos que nos recuerdan que ya se va la romería. Suena a rosario y a novena, a murmullo y a seseo, a campanitas, bandurrias y violines. Suena a niño en brazos de la madre pronunciando un leve piropo al Ara del Cielo y a abuelo arrastrando los pies ayudados por la gancha haciendo un camino que conoce pero que no puede repetir tanto como quiere y que lo lleva hasta un viejo banco de madera con el barniz perdido, siempre el mismo, que no sabe cuándo volverá a ver y en el que ya no puede arrodillarse. Suena a campanas repicando a gloria el domingo de domingos a las 8 de la tarde y a puertas abriéndose de par en par para dejar que los rayos del sol cambien el marfil de la cara de mi Virgen por el oro de su aceite. Suena a redoble de tambor cadencioso y a horquilla sujetando la madera. Suena a campana puesta en marcha con la mano de la ilusión con la que tantas veces se han escrito cartas pidiendo hacer sonar la campana. Suena a Pemán y a Aramburu, a Villa y a Roldán. Suena a reloj marcando las 11.30. Suena a cohete. Y, cuando todo es silencio, vuelve a sonar todo lo anterior. Mi incienso suena a guapa, y a bonita, y a olé. Suena a fandango de Lucena acompañado con la guitarra y sin ella. Suena a no llores ni tengas pena. Suena a perdón. Suena a gracias. Suena a gloria.

Y mi incienso huele también a Sevilla. Huele a su río Grande, en otros tiempos puerta de América y hoy alféizar de un cielo luminoso y claro. Huele al azahar de sus calles y plazas, más intenso en la Plaza de San Andrés, donde nos espera acompañado de más azahar y azahar. Huele a naranjas en el suelo, al compás del sonido de los pájaros que juegan con el árbol del que han caído las naranjas y en el que huele el azahar y del servir y retirar vasos de caña, de tubo y tazas en la mesa en una tarde de mayo que sabe a café y a un vaso de agua, por favor. Huele a ilusión y a nervios, a ganas y a espera en una abarrotada iglesia queriendo echarse a una abarrotada calle. Huele a convento abierto y a juventud entrando. Suena a marcha y a marcha. A Morales, a Marvizón y a Laserna como estrofas del sonido del martillo y la voz del capataz. Suena a asfalto y a adoquín, a piedra y a granito apretando las zapatillas de los que calzan costal que aprieta el palo que sostiene a la Virgen.


Pero el incienso que traigo de mi tierra oriental, de mi Lucena, no arde. Mi incienso no se consume. Mi incienso se siente y alcanza su máximo valor en primavera cuando los aracelitanos trenzamos cordones finos de oraciones postrados a las plantas de nuestra Virgen bendita. Éste es mi incienso aracelitano para el Niño de Sevilla. 

Antonio Ruiz Granados

martes, 11 de julio de 2017

La Virgen del Carmen de Lucena

La orden masculina del Carmelo se establece en Lucena en 1599. Es en 1606 cuando, a instancias de don Luis Fernández de Córdoba y Aragón, Duque de Cardona y Marqués de Comares, se funda la hermandad, quedando aprobadas sus reglas ese mismo año por fray Diego Mardones. 

La hermandad estaba compuesta por distintos pasos procesionales, siendo su titular principal la Virgen del Carmen, cuya procesión se celebraba el cuarto domingo de agosto hasta 1778, momento en que se traslada al último de septiembre para evitar el calor estival. 


La actual imagen fue encargada al escultor Felipe González por el Marqués de Montemorana en el año 1795, si bien no presidirá el retablo mayor hasta los años iniciales del siglo XIX. 

Los años 20 del siglo XX suponen el momento de mayor decadencia de la corporación, que llega a reducir al mínimo sus actos cultuales hasta 1977, año en que se recupera la procesión de la Virgen del Carmen. 


Ya en 1996, la Virgen del Carmen estrena los varales de Gradit y el palio de cajón realizado por Enrique Cuenca que, aunque se dejaron de usar durante algunos años, fueron recuperados en 2016.
Foto Antonio Ruiz
Foto Gabriel Ruiz

Foto Lucenahoy

jueves, 29 de diciembre de 2016

Cinco hitos de la Historia Aracelitana en 2016

Con el año a punto de consumirse, proponemos realizar un escueto repaso a los cinco acontecimientos que consideramos más relevantes ocurridos en 2016 en torno a la devoción aracelitana.

  1. Cesión de los terrenos del Santuario

El 30 de marzo, la Obra Pía recibía los terrenos en los que se asienta el Real Santuario de María Santísima de Araceli. Gracias a la generosidad de sus propietarios, doña Concepción de Mora Escudero y don Teodoro Écija Cordón, se culminaba un largo proceso en el que se conseguía la titularidad de los casi 3.000 metros cuadrados en los que se asienta la ermita aracelitana. Para perpetuar en la memoria tan alto gesto, el 18 de diciembre se bendijo una placa conmemorativa que quedó instalada en el atrio del santuario.
Foto de José Antonio Fernández de Diario Córdoba

  1. La Virgen sin dosel

Como cada penúltimo domingo de abril, María Santísima de Araceli llegaba desde su ermita serrana hasta la parroquia principal de Lucena, donde es venerada desde ese día hasta el primer domingo de junio. Pero el año 2016 nos traía una estampa sensiblemente distinta. Este año, la patrona de Lucena y del Campo Andaluz lució ante el retablo ideado por Juan Bautista Vázquez el Viejo y Jerónimo Hernández sin su habitual dosel. Éste es, en realidad, una adaptación del antiguo trono de salida neogótico estrenado en 1896 y que, tras su sustitución por el actual paso en 1974, paso a ocupar su actual misión como efímero altar de la Virgen en la parroquia. Con enardecidos defensores y entusiastas detractores que protagonizaron amenas tertulias en la Plaza Nueva, la novedosa estampa vino a corroborar la trascendencia que adquiere en la ciudad todo lo relacionado con la Madre Dulce y Buena.



  1. Los hermanos, más cerca de la Virgen

Otra de las principales novedades de las Fiestas Aracelitanas de 2016 se produjo el segundo domingo de mayo, día en que se celebra el tradicional besamanos a María Santísima de Araceli. Como ocurre en todas las hermandades, suelen ser miembros de la junta de gobierno los encargados de custodiar a la imagen durante este piadoso acto y de ocuparse de limpiar las marcas de los besos. Entendiendo que este momento, de gran intimidad y emotividad, no podía ser exclusivo de los cargos de la junta, la hermandad ofertó la posibilidad de que, previa solicitud y tras pasar una criba en función de la antigüedad, los hermanos pudieran compartir unos minutos junto al Ara Sagrada del Cielo.

Foto E. López

  1. Adquisición de un local

A finales del año, la Obra Pía adquiría un local junto a la parroquia de San Mateo con el objetivo de habilitarlo como tienda de recuerdos. Durante las estancias de la Virgen en Lucena, es usual abrir un establecimiento de recuerdos aracelitanos que, en función de la disponibilidad de los locales más cercanos al templo, solía cambiar de emplazamiento. Desde ahora, esta tienda atenderá las demandas de los visitantes que lleguen a Lucena no sólo durante las Fiestas Aracelitanas sino también durante el resto del año, sumándose al ya existente en el Real Santuario.

Foto Real Archicofradía

  1. Besamanos del Año de la Misericordia

Pero si ha habido una estampa que ha marcado este año ha sido, sin duda, el magno besamanos organizado en el Real Santuario con motivo de la clausura del Año de la Misericordia. Referente mariano andaluz, el santuario aracelitano acogió durante los días 12 y 13 de noviembre dos excepcionales jornadas en las que, además de la eucaristía presidida por el cardenal Fray Carlos Amigo Vallejo, Arzobispo Emérito de Sevilla, se vivieron inéditas estampas de amor hacia la Reina y Señora del Campo Andaluz. Y es que, la Virgen lucía, por primera vez en la historia, en el presbiterio del templo serrano, ataviada con el terno carmesí dieciochesco y las coronas soñadas por Cayetano González y hechas realidad gracias a sus magistrales manos y al áureo amor de sus devotos. Entre miradas cómplices y otras esquivas, lágrimas de toda naturaleza y sonrisas furtivas, se cerraba, por todo lo alto, el año junto a la que siempre ha sido y será Madre de Misericordia de todos los que la buscan y de los que, sin buscarla, la encuentran.

Foto Miguel Sánchez Ramírez

martes, 29 de noviembre de 2016

1562: La venida de María Santísima de Araceli (Aparecido en Gente de Paz)

Roma. Año de 1562. Don Luis Fernández de Córdova y Argote, Alcaide de los Donceles, II Marqués de Comares y Señor de Lucena recorre los 124 escalones que separan la Via del Teatro di Marcello de la culmen de la colina Capitolina, donde se erige, densa e inconfundible, una basílica. Cruzado el umbral de entrada, todavía exhausto por la esfuerzo, se detiene ante el icono que preside el altar mayor. La pintura de Santa María de Ara Coeli enciende en don Luis las llamas de la devoción y de la inspiración. Su viaje, que estaba próximo a concluir, iba a privarlo de la belleza de aquella romana pintura de la que apenas podía desviar su mirada. Como hiciera la sibila Tiburtina, profetizando a César Augusto la llegada de Cristo en ese mismo lugar, el noble lucentino encarga a manos humanas lo que el Cielo había inspirado: la imagen de María Santísima de Araceli.

Convenientemente preparada para el viaje, esta vez sin cayado y sin sombrero, cruzó nuestra Madre el mar para llegar a suelo español el 12 de abril. Aquel día, el Marqués de Comares desembarcó junto a su séquito en el puerto de Alicante, ciudad en la que preparó los avíos necesarios para emprender la marcha, ya por tierra, el día 14, culminando la primaveral jornada en Albatera, donde hicieron noche. Al día siguiente, la comitiva descansó en Santomera, siendo los siguientes destinos Totana, Lumbreras, Chirivel y Baza, localidad desde la que accedieron a Guadix y, finalmente, a Granada. Desde allí, a través del antiguo camino granadino, pasando por Loja, Iznájar y Rute, llegó don Luis, por fin, a Lucena, el lluvioso 25 de abril. La lluvia dio paso a la tormenta en el momento en que el cortejo se aproximaba al lugar que hoy ocupa la Primera Cruz, donde el animal que portaba la talla, asustado, se introdujo en la Sierra de Aras hasta hallar la merecida calma en su cima. Allí, entre jaras en flor y la intensidad del olor del romero, fue encontrada la Virgen serrana, ya no de don Luis sino del pueblo, que entendió que su ermita debía construirse en ese lugar y no en Lucena. El día 27 de abril de 1562, María Santísima de Araceli era recibida en una jubilosa Lucena por vez primera, permaneciendo, en aquella ocasión, en la iglesia de Santiago, que ejercía de templo auxiliar de la parroquia de San Mateo, para volver tres meses más tarde a su recién terminada ermita de la Sierra de Aras. Comenzaba así la historia de amor entre su pueblo, aracelitano desde ese instante, y Santa María de Araceli. Historia de amor que este año escribirá un nuevo episodio durante el magno besamanos preparado con mimo para promover entre los fieles de la Madre dulce y buena la misericordia que la Iglesia nos pide y que la Humanidad nos implora y que nos dejará una histórica estampa durante los días 12 y 13 de noviembre. 

Antonio Ruiz Granados


 

lunes, 12 de septiembre de 2016

La Virgen del Valle de Lucena con un manto de la Virgen de los Remedios de Cabra

El año pasado, durante el besamanos de la Virgen del Valle, pudo admirarse una estampa inusual. Fruto de las buenas relaciones entre la hermandad egabrense de los Remedios y la lucentina del Valle, la imagen lució uno de los mantos de la titular mariana de la Vera Cruz.



viernes, 29 de enero de 2016

¿Carrera oficial en Lucena? Una propuesta para un recorrido conjunto

¿Se imaginan un equipo de primera división jugando en un descampado? Una Semana Santa como la de Lucena debería contar con una carrera oficial en torno a la que se organizara el discurrir de las hermandades, haciendo accesibles nuestras procesiones a personas que por su edad, condición física o, por simple comodidad, prefieran disfrutarlas desde una silla.
Carrera Oficial en el Programa de la Semana Santa de 1994

A mediados de los años noventa de la centuria pasada, la Agrupación de Cofradías intentó estimular la idea de la existencia de un recorrido oficial, sin sillas ni palcos, formado por las calles Alcaide, Julio Romero de Torres, Cuesta del Reloj y Plaza Nueva. A pesar de que este itinerario se incluía en los programas de mano editados por el ente, lo cierto es que eran tantas las excepciones que tuvo que acuñarse el concepto de carrera oficial partida, mediante el que algunas hermandades recorrían una parte de estas calles en un momento de la procesión y, el resto, en otro1. Se intentaba ocultar una realidad: el egoísmo de algunas hermandades que, amparándose en el “siempre ha sido así”, se negaban a modificar su itinerario. Estas prerrogativas fueron el caldo de cultivo para la polémica. El casus belli fue la intención del Huerto de buscar el Llanete de la Virgen de la Estrella, desvinculándose del recorrido que, por imposición, se consideraba común del Domingo de Ramos. La Agrupación de Cofradías se puso manos a la obra, o quizá ya lo estaba, para buscar la receta que agradara a todos y que tuviera como centro la parroquia de San Mateo. En la revista Torralbo del año 2010, el presidente de la institución adelantaba que “existe ya un borrador muy elaborado” y que “las hermandades podrán elegir libremente el recorrido de sus salidas procesionales, pero habrán de recorrer, íntegramente, la carrera oficial”. La fecha de implantación sería 2012 y se pedía “la colaboración de todas y cada una de las hermandades”2. Un año después, el máximo representante de la institución dimitía3.
Foto de Joaquín Ferrer
Foto de Paseíllo

Las hermandades, no sólo en Lucena, aunque aquí especialmente, propensas a mirarse su a veces no muy honroso ombligo y posicionadas en un inmovilismo contraproducente, parece que no llegaron a un acuerdo. Sobre este asunto, la nueva cabeza de la Agrupación, en una entrevista concedida en marzo de 2012, afirmaba que “No se ha desechado, pero es difícil, quizá el año que viene empecemos a trabajar sobre ese proyecto”4. Pero no todo quedó en papel mojado. La semilla sembrada entre algunos cofrades acabó floreciendo en el Encuentro, que no es madre pero sí maestra, el día que hicieron historia entrando al Sagrario de San Mateo para efectuar estación de penitencia. 
El Encuentro en el Sagrario de San Mateo. Foto ¿Almagro?

  • Una propuesta de carrera oficial para Lucena

La Plaza Nueva es el centro de la vida de nuestra ciudad. Conciertos, manifestaciones o colectas se suceden a lo largo del año en ella, convirtiéndose en escenario de las dos estampas que ilustran la definición de Lucena: la bendición de Jesús Nazareno en la, hasta que el cambio climático no diga lo contrario, gélida mañana del Viernes Santo y el glorioso transitar de nuestra Madre, la Virgen de Araceli. Por si no fuera suficiente, la Plaza Nueva posee, al menos, dos alicientes más para ubicar en ella una carrera oficial. El primero, su olor. En la primaveral fiesta de los sentidos que es la Semana Santa, el azahar de sus naranjos casa como ningún otro aroma con el que exhala el incienso al arder sobre el carbón y con la cálida y sutil fragancia de la cera derretida. Satisfecho el olfato, toca complacer la vista y el espíritu. Lucena tiene dos sancta sanctorum, uno a 863 metros de altura y el otro en San Mateo, la capilla del Sagrario que, si llevan la cuenta, es el segundo aliciente.

Convencidos de que un extremo de la carrera oficial está en el Sagrario, toca definir el otro, que hemos situado en la calle las Torres, en su confluencia con Canalejas, posibilitando así un mayor número de combinaciones. A continuación, subirían por uno de los puntos más santeros de Lucena, la Cuesta del Reloj, y seguirían por el lateral hasta la iglesia mayor. En este punto, la hermandad, que no los tronos, accedería al templo para efectuar la estación de penitencia ante el Santísimo.

  • La carrera oficial y su aplicación en el Domingo de Ramos

Estudiando la evolución de los recorridos de los últimos veinte años5, observamos una tendencia tanto a explorar nuevas calles como a repetir por puntos de singular sabor o tradición: el Llanete de San Francisco y la Capillita para la Pollinita; el Llanete de la Virgen de la Estrella para el Huerto; y el barrio de Santiago, con el tránsito por Flores, para el Encuentro. 


Según la idea que proponemos, la decana del día conservaría su itinerario pero efectuado a la inversa, subiendo las Torres para tomar San Pedro y llegar así a la Capillita. Desde este punto, bajaría por Curados y, a través del Peso y el Agua, llegaría al Llanete de San Francisco para, por Alcaide, entrar en la carrera oficial y, desde ésta, en su templo. La otra opción, más conservadora, sería tomar el recorrido de 1998 ó 2000, es decir, el itinerario actual pero bajando a San Francisco por Juan Palma y subiendo por las Torres6.

La corporación de Santo Domingo, por su parte, ganaría presencia en su barrio. Después de salir bajaría por Cabrillana en busca del Llanete Virgen de la Estrella, Juan Blázquez y Llanete de San Francisco, uniéndose en este punto a la Pollinita. La vuelta se podría realizar por el lateral de la umbría de la Plaza Nueva, el Peso y, a través de Agua y Catalina Marín, por la calle Abad Serrano y, desde ésta, Cabrillana. Ganaría en recogimiento a horas en las que el público disminuye.

Por último, el Encuentro tomaría Ancha y Flores y, a continuación, llegaría a carrera oficial por la calle las Tiendas, San Francisco y Alcaide. La vuelta la realizaría por el Llanete de San Miguel, cuesta del Castillo, lateral del Coso y Ballesteros. Aprovechando la estrechez de las calles del barrio de Santiago, buscaría el corazón de la collación a través de Lademora o Álamos y, por Santiago, su capilla. Como ocurre con el Huerto, tienen la suerte de contar con un barrio extenso y que permite muchas posibilidades. Por ejemplo, recorrer la calle Ancha y llegar al Llanete de San Francisco por Cervantes, tomando Flores a la vuelta tal y como hicieron en 1996 y 1997.


1En el itinerario de la Pollinita del programa de la Semana Santa de 1994 se podía leer: “prevista su salida a las siete y treinta de la tarde, momento en el que entrará en la mitad de su Carrera Oficial, continuando por Plaza Nueva (lateral reloj), Las Torres, Alcaide, San Francisco, Juan Jiménez Cuenca, El Peso, Curados, San Pedro, Julio Romero de Torres, y completando su Carrera Oficial a las 21:30 continuando por Plaza Nueva (centro) y entrada a su templo a las diez de la noche”.Seis de las quince procesiones (contando la cofradía de Jesús como dos) no realizaban esta carrera oficial.
2MORENO GÓMEZ, Ricardo, “Carrera Oficial” en Torralbo (2010), Lucena, pp. 23- 24.
3http://sevilla.abc.es/20100325/sevilla-cordoba-cordoba/lucena-parroquia-mateo-sera-20100325.html
4La entrevista en cuestión pueden leerla completa en la página de Lucenahoy a través del siguiente enlace. http://www.lucenahoy.com/articulo/cofradias/entrevista-antonio-diaz-presidente-de-la-agrupacion-de-cofradias/20120318100000002524.html
5Es entonces cuando se incorpora al Domingo de Ramos la hermandad del Encuentro.
6Para los más desmemoriados, estos dos años el líquido elemento se empeñó en arruinar el Domingo de Ramos, pero no logró vencer las ganas de cofradías y, en una decisión cuestionada más tarde pero aplaudida en su momento, se trasladó la jornada al día siguiente que, como habrán adivinado, era Lunes Santo o, como alguien dotado de un gracejo especial vino a denominar Lunes de Ramos. Buscando el mayor lucimiento de la jornada, expresión muy lucentina, las hermandades del Domingo hicieron el enlace, expresión más lucentina aún, con Pasión en la calle Alcaide, para lo que fue necesario que la Pollinita renunciara a bajar las Torres.